
Mucho se conoce sobre las virtudes del jugo y la pulpa de la mandarina, pero poco sobre el tesoro que encierra su cáscara. Por ejemplo, en China se la utiliza como medicina desde hace más de 2000 años, por eso es muy común que en las casas se las encuentre secándose junto a las ventanas, para luego guardarlas en frascos de vidrio. Lógicamente, en la actualidad no tenemos el tiempo para hacerlo, pero afortunadamente se las puede adquirir de esa manera.
En cuanto a sus beneficios, posee un efecto antibacteriano, por lo cual es muy efectivo para combatir gripes, resfríos y tos. Además, actúa eficientemente ante los problemas digestivos tales como indigestión, nauseas, acumulación de gases y diarrea.
Pero no sólo es utilizada por la medicina oriental, la occidental también la recomienda, ya que considera que posee un porcentaje mucho más elevado de antioxidantes que su jugo. Como sabemos, estos tienen el poder de destruir las toxinas y los radicales libres, lo cual estaría previniendo la aparición de células cancerigenas y el envejecimiento precóz. Por otra parte, fortalece el sistema inmunológico, depura y regula los niveles de grasa en la sangra, lo cual regula los niveles de colesterol.
Tradicionalmente las cáscaras de mandarinas se utilizan para preparar infusiones, pero también se las agrega como condimento a las sopas, guisos, estofados y carnes. En este último caso no sólo las tierniza, sino que le otorga un delicioso sabor.
Un rico tecito
La infusión se prepara colocando media cáscara de mandarina disecada y cortada en trozos pequeños, en una taza de agua hirviendo. Luego se deja reposar durante cinco minutos y se cuela. Si se desea puede endulzarse con miel a gusto. Lo ideal es beber dos tazas al día.




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